Tour du Mont Blanc

Son las cinco menos cuarto de la noche, tengo la mochila y los bolsillos llenos de comida, pero a su vez, tengo la cabeza llena de dudas. Habré superado el virus que he pasado esta semana? Aguantará el cuerpo durante tantas horas? Podré solventar los problemas que me puedan surgir sin tener ninguna asistencia?

Este era el panorama el pasado 20 de julio en la estación de esquí francesa de Les Saisies. Me encontraba en la salida de la marcha cicloturista “Le Tour du Mont Blanc”. Había tenido la intención de realizar esta marcha durante años, pero llegado el día, la cabeza no estaba tan preparada como el cuerpo, estaba dubitativo, diría que incluso triste. Pero casi para cuando me di cuenta, estábamos con las luces encendidas y en marcha, bajando a gran velocidad el puerto de les Saisies; ya no había tiempo para dudas.

Teníamos más de 330 kilómetros y más de 9000 metros de desnivel positivo por delante. La lógica diría que había que tomárselo con calma, pero allí no se veía nada de eso.

En teoría, la primera bajada era neutralizada, pero en realidad fue más un tramo de “tras coche”. Yo salí bastante retrasado, y aunque bajé bastante rápido, no llegué a enlazar con la cabeza de carrera. La primera bajada tenía un segundo tramo de bajada casi de seguido, separado únicamente por un pequeño tramo de falso llano que picaba para arriba. En este tramo me junté con otros tres ciclistas, y tras relevar con fuerza durante este tramo, entramos en un grupo de unas 20-30 unidades. Pensé que sería la cabeza de carrera, pero no, por delante circulaba otro grupo de unas 8-10 unidades. No vi a la mayoría de estos en todo el día.

Una vez en el grupo, tenía claro lo que tenía que hacer; guardar fuerzas. Tenía pensado ir a rueda en el grupo sin gastar muchas fuerzas, al menos hasta el último tramo del Grand Saint Bernard, ya que consideraba que esta era la parte del recorrido en el que más me podía beneficiar el ir resguardado, debido a la orografía del terreno.

En las subidas el ritmo del grupo era bastante rápido, pero iba bastante cómodo. Hubo alguna escaramuza en las diferentes subidas, pero ninguna fue a ninguna parte.

Al inicio del Grand Saint Bernard, cuando todavía circulábamos por un terreno de falso llano, nos encontramos con el primer avituallamiento. Aquí se vieron las diferencias entre los diferentes participantes. Más o menos medio grupo siguió para adelante, ya que tenían alguien que les diese asistencia (mujer, amigos, familia…), los demás, íbamos en “estilo alpino” como dirían en el mundo del montañismo, es decir, sin ayuda externa, en autosuficiencia. Tras parar a comer algo y rellenar bidones y bolsillos lo más ágilmente posible.

Tras darme un buen calentón, conseguí alcanzar a otro ciclista que había salido algo antes que yo del avituallamiento. Me puse a su rueda. Todos los que se quedaron, no los volví a ver.

Decidí subir a rueda de mi nuevo compañero el Grand Saint Bernard. El ritmo no era muy rápido, y aunque casi logramos dar alcance a los que fueron compañeros de grupo anteriormente, no llegamos hasta ellos y el hueco entre nosotros se fue abriendo poco a poco.

Tenía claro que era importante guardar fuerzas todavía, ya que todavía quedaba muchísimo terreno hasta meta. De este modo, llegamos a la última parte de la subida, donde la inclinación de la carretera aumenta y la subida se hace más exigente. En este tramo pasé a marcar mi propio ritmo, descolgando a mi compañero y dando alcance a otros corredores hasta que finalmente coroné el puerto. En la cima, llenar los bolsillos y los bidones en el avituallamiento, vestir el paravientos, y para abajo.

Tras una rápida bajada, un giro a derecha, y para cuando me di cuenta ya me encontraba subiendo el siguiente puerto. Nos encontrábamos circulando por una de las laderas del valle de Aosta, en vez de circular tranquilamente por el fondo del valle, pero como nos vamos a quejar si, al fin y al cabo, es esto mismo lo que nos gusta. El puerto se me hizo interminable. Cada vez que creía que se había terminado, descendíamos un poco pero en seguida la carretera volvía a inclinarse hacia arriba. En este tramo alcance a dos corredores con los que seguí avanzando.

Todo este tramo se me hizo eterno, pero finalmente, tras un descenso bastante peligroso, bajamos hacía el fondo del valle, por donde transitamos durante unos pocos kilómetros, hasta que llegamos al próximo avituallamiento. Allí, mis nuevos compañeros continuaron para adelante, ya que disponían de asistencia externa, pero yo a lo mío; rellenar bidones y bolsillos, tirar la basura, comer algo, y a continuar con el camino.

Inmediatamente después de pasar el avituallamiento, tocaba afrontar la mayor dificultad del día, el Colle San Carlo, 10,5 kilómetros a más del 10% de pendiente media, y esto, con más de 200 kilómetros en las piernas. Tenía claro que era importantísimo pasar bien este puerto; si en este punto empiezan a fallar las fuerzas, el camino hasta meta puede hacerse interminable. Comencé tranquilo, a un ritmo en el que me encontrase cómodo. En seguida pasé a los dos corredores que hasta hace poco habían ido conmigo. Iba a buen ritmo, a gusto, pero los últimos cinco kilómetros se me hicieron largos. El desarrollo que tenía no me permitía llevar una cadencia adecuada, y avanzaba a base de fuerza. De todos modos, terminé bien el puerto, y tras un breve descenso a La Thuille, me encaminé hacia la cima del Petit Saint Bernard. Este puerto no es muy duro, y a pesar del viento en contra me impuse un ritmo cómodo, y par cuando me di cuenta, me encontraba coronando el puerto.  

Al llegar allí, el ritual, los quehaceres del avituallamiento. En seguida me dispuse a afrontar el descenso. La bajada se me hizo insoportable; larga, de pedalear, con el asfalto en mal estado… Tras un tiempo que se me hizo eterno, por fin llegué a Bourg Saint Maurice. Me faltaban dos puertos por subir, y me intentaba auto-convencer de que ya casi estaba hecho. 

Tocaba encarar el Cormet de Roselend. El puerto no es especialmente duro, pero es bastante “pestoso”. Empecé tranquilo, bebiendo con frecuencia, ya que el calor apretaba, pero en seguida, me encontraba en la situación de que el cuerpo no me admitía beber la bebida energética que llevaba en el bidón, el sabor se me hacía insoportable. El primer tercio del puerto lo subí dignamente, pero de un momento a otro empecé a sentirme vacío. ¡Crisis! Comí algo, cosa que me costó bastante, y empecé a beber agua regularmente, dosificando la que me quedaba. De este modo, poco a poco, avancé hasta alcanzar la cima del puerto.

Una vez allí, los dos voluntarios del avituallamiento me atendieron a la perfección. Me dieron agua, me preguntaron si me encontraba bien, y me ofrecieron de todo, incluso a ver si quería un pequeño masaje. Aupado por sus ánimos, nuevamente motivado, afronté la última bajada del día.

Para cuando me di cuenta, había cogido un cruce hacia la derecha que me puso otra vez cuesta arriba; estaba en la última subida del día. Cogí mi ritmo y poco a poco me encaminé hacia arriba, subiendo cómodo. Tras realizar unos cinco kilómetros, afronté una pequeña bajada que me hacía pasar a transitar al otro costado del valle. En este momento, vi que entorno a un minuto por detrás de mí venía otro corredor. Faltaban ocho kilómetros para la meta, por lo que aumenté el ritmo para intentar mantener el puesto en el que me encontraba.

Llevaba un ritmo bastante rápido, más de lo que hubiese podido imaginar que llevaría en este punto antes de salir. De todos modos, el corredor que venía por detrás, también venía fuerte, ya que por bueno que fuese mi ritmo, no conseguía aumentar el ritmo entre ambos. 

Poco a poco fueron cayendo los kilómetros que me faltaban por recorrer hasta meta, y tras un último kilómetro por las calles de Les Saisies en los que exprimí mis últimas fuerzas, llegué por fin a la línea de meta.

Tras 13 horas y 7 minutos de esfuerzo, fui el sexto corredor en alcanzar la línea de llegada.

Esta fue mi aventura recorriendo carreteras de tres países, rodeando la cumbre más alta de los Alpes, el Mont Blanc. Fue una bonita aventura, viendo que los límites de mi cuerpo me permiten alcanzar estas cotas; contento y orgulloso de mí mismo. ¿Repetirlo? Diré que no, que con una vez suficiente. Pero quien sabe, quizás el tiempo nos haga cambiar de opinión. Por el momento, solo espero que si eso sucede, sea dentro de mucho tiempo.